martes, 17 de junio de 2014

México vs. Brasil: guerra secreta


Latinoamérica no existe. No hay un pasaporte ni una moneda en común, ni mucho menos una bandera, un congreso o un presidente. A lo sumo existen países aislados entre sí que hablan español o portugués: dos de las más grandes y poblados son México y Brasil.

Mientras Brasil y México disputaban el partido de fútbol este martes 17 de junio de 2014, en el segundo juego para cada uno dentro del Mundial, pensaba que Latinoamérica es un pretexto y una hipocresía de intelectuales y académicos, y que si tal vez este confuso concepto de lo latinoamericano rinde réditos en la cultura y en la academia y en cierta política de izquierda, en el fútbol y en la real politic no vale para nada. La unión latinoamericana, en el fondo, tiene sin cuidado a políticos de izquierda o de derecha, a empresarios y a futbolistas –gente inmiscuida en la realidad de la vida.

Fue un partido sin goles. Empatado. Pero México lo celebró como un triunfo, en parte, porque su tradición futbolística jamás puede comprarse con la de Brasil, tetracampeón del Mundo, y en parte porque lo consiguió con el favorito y de visitante: en un estadio repleto de aficionados brasileños. No es la primera vez que la selección de fútbol mexicana no se arredra ante la de Brasil. ¿Por qué razón? Porque creo pensar que ya México ha averiguado –conoce ya– los secretos de esa grandeza brasileña. 

Claro: también México es un Estado paquidérmico. Enorme. Y ambos países se disputan secretamente el predominio comercial, cultural y político sobre esto que llamamos Latinoamérica. Brasil gana en volumen: tiene casi 200 millones de habitantes, 80 más que México con 120 millones. También los once jugadores brasileños son un poco más corpulentos que los once mexicanos y quizás hasta más veloces, pero no más avispados ni más ordenados tácticamente.

 México sabe mandar. Ha sido imperio desde edades milenarias. Fue hasta hace trescientos años la Nueva España, con redes comerciales que partían de Acapulco a Filipinas, de Querétaro a Alaska. Brasil, en cambio, se ha hecho aparentemente sobre la nada: no tuvo imperios indígenas en su territorio selvático, fluvial, sabanero, costero, y  el imperio español prefirió dejar en manos de sus primos portugueses –más dados a la navegación– toda esa costa oriental de la América del Sur, la más expuesta al mundo, la que parece encajar –unirse– con África en el mapa, y actualmente una de las más urbanizadas del mundo: Río, Sao Pablo, Fortaleza, Recife, Natal, Belo Horizonte.   


El equipo mexicano dirigido por el Piojo Herrera empató –no triunfó, no nos digamos mentiras– porque frenó el expansionismo delantero de Neymar, anuló su individualidad, y contuvo todo intento de proyección en las puntas por parte de Luis Gustavo, Marcelo o T. Silva. Brasil, país costero, está acostumbrado a la expansión. México, a pesar de inmensas costas, está acostumbrado a la contención, debido a sus valles cerrados, a sus altiplanos sin fin donde está el DF. Y supo hacer lo que mejor sabe: explayar la pelota en el centro, partir de atrás hacia delante y retroceder; no aventurarse mucho, y patear el balón a media distancia. 
El apellido de uno de sus volantes de puntos lo revela: Guardado. Varios guardados se guardó Guardado: por poco consiguió el gol en dos tiros de media distancia. Y junto con el portero, Ochoa, atajando aquí y allá, sellaron el empate cuasi-triunfo de México sobre Brasil. 

Eso en el fútbol. ¿Y en el comercio y en la política y en la cultura?