sábado, 17 de agosto de 2013

La hija del sepulturero


La hija del sepulturero


La protagonista se llama Rebecca Swart. Es la hija menor de Ana y Jacob Swart, un matrimonio de judíos alemanes expulsados por los nazis. Llegan al puerto de Nueva York a comienzos de la Segunda Guerra Mundial con sus dos hermanos mayores y con Rebecca en el vientre. Ve la luz –nace– en pleno puerto de Nueva York. Y será muy distinta al resto de su familia, sí, a sus hermanos pendencieros, a su madre extravagante y a su padre resentido, incapaz de integrarse a la vida americana. 

La imagen de su padre la dejará marcada. Aunque Jacob Swart se desempeñaba como profesor en Alemania –la cultura alemana casi siempre ha sido una cultura judía–, al llegar a los Estados Unidos sólo encuentra el empleo de sepulturero en el cementerio del pequeño pueblo del estado de Nueva York sobre el valle del Chautauqua. Jacob ve indignante ese oficio no-calificado, y frustrado por no darle lo mejor a su familia se sumerge en el alcohol y se precipita en el maltrato y la violencia.

Rebecca trata de aislarse, de concentrarse en hacer las tareas de su escuela pública, pero su burbuja de jabón estalla de un momento a otros. Ante la desintegración de su familia se lanza desde adolescente a buscar un lugar en la gran sociedad estadounidense, a reinventarse a sí misma. Trabaja al principio como camarera de un hotel en donde conoce a su futuro esposo, Tignor, un hombre mucho mayor que ella y a quien se une más por seguridad que por amor, de suerte que los celos y la violencia retornan a su vida. Lo intuía desde antes, pero prefiere esa falsa “seguridad” del matrimonio a la frivolidad de de sus amigas o compañeras de trabajo.
Sorolla
“Rebecca detestaba la frivolidad con que las mujeres hablaban de los hombres cuando no estaban presentes. Observaciones chabacanas, burlonas, que pretendían ser divertidas: como si las mujeres no se sintieran intimidadas por la fuerza masculina… por la despreocupación misma del varón que esparce su simiente con el abandono del algodoncillo o de las semillas de arce revoloteando locamente con los vientos racheados de la primavera. Las burlas femeninas eran sólo defensivas, desesperadas” (Pág. 299).

¿Por qué un personaje hecho de palabras como Rebecca Schwartz resulta tan real? No sé si es porque las niñas-protagonistas como Alicia, la del País de las maravillas, sean mucho más entrañables que los niños-protagonistas y ejerzan más fascinación y queden más en la memoria, aun así el mundo de Rebecca resulte opuesto al país de las maravillas: sombríos paisajes donde a lo lejos se alzan ciudades grises, fábricas despidiendo humo y la niebla y el frío envolviéndolo todo. Al norte de Nueva York, por cierto, transcurrió la infancia de la propia Joyce Carol Oates. De hecho, detrás de Rebecca está su abuela. Y en ese sentido La hija del sepulturero es hasta cierto punto una novela autobiográfica. La propia Joyce Carol lo confesó en una entrevista que concedió al periódico londinense The Guardian. 

Sorolla
Después de que mis padres murieron – en 2000 y 2003 – sentí que podía tomarme el tiempo para pensar en el pasado e imaginar cómo podía convertirme en mi abuela. Esta novela es ficción, pero fue provocada por la vida de mi abuela que en realidad fue hija de un sepulturero. Al igual que Rebecca, mi abuela trabajó en una fábrica y se casó muy joven. Su esposo fue también abusivo, bebedor, y la abandonó  con un hijo, que es mi padre. Al empezar a escribir solo tenía el esqueleto de la historia de mi familia. Nunca vi una fotografía de mi abuelo, a quien nunca se nombraba. La Historia de mi familia estaba llena de lagunas. Tuve entonces que recurrir muchísimo a mi imaginación” (“The grandmother of invention”, en The Guardian, lunes 10 de septiembre 2007, la traducción es mía).


Lo curioso es que ese aditamento imaginativo a una historia familiar y real refuerza de verosimilitud esta novela.  De ahí su intensidad y su profundidad psicológica. La hija del sepulturero es una de esas novelas excesivamente compactas, sin zonas muertas, donde nunca sentimos que la realidad rebasa al novelista: todo es asombrosamente verosímil. Una de esas novelas que con el tiempo será un clásico por cuanto crea un mundo dentro de este mundo.     

La autora, JOYCE CAROL OATES (Nueva York, 1938), sobresale como una de las mejores novelistas vivas en lo que va corrido del siglo. No muestra ningún signo de fatiga. Son las mieles de la madurez literaria. A sus 72 años, además, se da el lujo de derrumbar necios prejuicios en torno al arte de narrar. Como profesora de escritura creativa de la Universidad de Princeton, Joyce Carol reniega de la pretensión de ciertos novelistas mediocres de imitar el registro del cine y la televisión, sin nada de trascendencia o reflexión. No. Joyce Carol parece una filósofa que narra. La trama no se pierde ni se diluye por eso, antes se enriquece.