domingo, 14 de julio de 2013

Entrándole al Gabacho por Boston


En nuestra era el viajero debería actuar como un militar: tomarse la ciudad que visita, conquistarla.
Días antes sentarse con un mapa de Boston extendido sobre la mesa, y señalar con puntos rojos o amarillos o verdes, según sus intereses. Pensar que sus armas y municiones son su cash y su credit card; misiles de corto alcance con los cuales tendrá que armar una defensa que consista en el ataque, en no dejarse quitar el dinero gozando gratuitamente de cuanto sea posible y buscando lo más barato.
Aterrizamos en Logan a las seis de la tarde. Las nubes del Atlántico Norte borraban del cielo el disco solar, pero no llovía y la temperatura superaba los 20 grados Celsius. En shorts los operarios de Fedex recogían mercancías de todo el mundo; había jarras de agua gratuita en ciertos cafés, por tanto calor. Nos montamos en el subway –que es uno de los más antiguos del mundo– en busca de Back Station. Las mochilas pesaban. Hubiera querido seguir por la terminal A hasta el muelle y alcanzar la ciudad por agua. Salen pequeños ferris hasta el Long Wharf, el principal muelle de la ciudad, donde se empiezan a levantar todo tipo de rascacielos, algunos hoteles, oficinas del Estado o bancarias o aseguradoras. Apretado bosque de edificios de diversas siluetas, frente al mar; rascacielos a tiro de pájaro, de frente a quien mire desde el aeropuerto porque están hechos también para impresionar al viajero, al visitante; que no quepa duda del sentido grandeza.
File:Boston skyline at earlymorning.jpg
Me imagino atracando en Boston como un famélico irlandés con su familia flacuchenta en 1801, culpando a los británicos de su desgracia para simpatizar con los yanquis. Me imagino a los primeros colonos puritanos de la verde Inglaterra en 1640 gritándose unos a otros: “Here every man may be master and owner of his owne labour and land... If he have nothing but his hands, he may by industrie quickly grow rich”. La leyenda cuenta que fondearon en una bahía de agua dulce y salada, formada por la desembocadura del río Charles y del río Místico; ninguno de esos ríos es largo ni viene de reinos lejanos; no había ningún imperio en los grandes lagos; ninguna civilización había florecido en estas tierras húmedas, inundables, bochornosas en verano, heladas en invierno. 
Todo estaba virgen para levantar una impresionante red de comercio y servicios de costa a costa, de Boston a San Francisco, de Nueva York a Los Angeles. Pero las fuerzas que desataron esta expansión de Estados Unidos de América fueron el resultado de una larga serie de procesos históricos a lo largo de la Baja Edad Media, y es en éstos donde debe buscarse la clave de las actitudes que signaron su formación. El historiador argentino José Luis Romero, en Latinoamérica: las ciudades y las ideas[1] se preguntó por qué no ocurrió lo mismo en nuestro caso. Desde la Edad Media el ámbito de la Europa no mediterránea, la del Mar del Norte y de la costa atlántica, logró mayor organización social, y el comercio circuló intensamente de Inglaterra y el norte de Alemania por el mar Báltico hasta el interior de Polonia y Rusia. Daneses, ingleses y normandos “dieron los pasos necesarios para unificar políticamente el área creando una estructura de poder dentro de la cual se moviera la nueva corriente económica”[2]. Y esa Europa del norte fue pionera en la expansión y el crecimiento de lo que más tarde sería Estados Unidos y Canadá. Desde la caída del imperio romano, en cambio, la Europa mediterránea o latina no llegó en la época carolingia a ver constituido ningún poder político que encuadrara el sistema comercial de sus grandes ciudades, Génova, Barcelona o Venecia. Tampoco lo logró el reino de Castilla cuando desde mediados del siglo XIII se apoderó de costas mediterráneas.

Nuestro hostal está cerca de Chinatown, del Theatre District, de los Public Gardens y del camino hacia el mar, Walk to Sea, a través de los rascacielos del downtown. Nuestros misiles son de poco alcance. Tenemos un plan de tomarnos el museo de Fine Arts el miércoles a las 4:00pm, el único día de la semana en que es gratis. Hemos llegado el jueves en la noche. Durante el resto del día, mi novia Dianis y mi hermano Santiago pasearán por el Downtown; yo estaré en el Congreso de Colombianistas en Regis College. Para llegar hasta allí me abandono a las indicaciones de google maps.

Google maps ha pretendido trazarnos la ruta de todo. Paso a paso. Todo el mundo anda con dispositivos en la mano. Sin hablarse unos con otros. Casi han desaparecido los mapas de papel. ¿Pero esa tecnología no se agota hasta cierto punto por ineficaz?
Al salir del hostal berkeley 40, en Boston, una pareja de chinos adultos de mediana edad, cincuentones, no paran de preguntar y preguntar. Es la señora, la que mejor habla inglés, andando con un mapa en la mano, indagando a cada transeúnte con cara de local en dónde está la estación Back Bay. Le deben explicar muy bien. Pero a la otra esquina ella, escéptica, vuelve a indagar a otro transeúnte. Tarda más de los normal en la taquilla, adquiriendo el tiquete y de nuevo preguntando algo. Su esposo, entre tanto, la espera con actitud oriental: pasivo, domado, en silencio. En las escolares eléctricas, antes de abordar el tren, la señora vuelve a preguntarle a dos estudiantes que se quitan de los oídos los audífonos y le responden politely.
El tren a Fitchburgh pasa por el pueblo llamado Ayer (A/e-ier). ¿No sería triste vivir en Ayer? Para muchos románticos y nostálgicos debería ser encantador. A lado y lado de la carrilera, en el camino a Ayer, pantanos verdosos. Árboles raquíticos. La niebla del Atlántico metiéndose continente adentro.

         Me he quedado dormido. Me he perdido.



[1] José Luis Romero, Latinoamérica: las ciudades y las ideas, Siglo XXI, México, 1975, p. 15.


[2] Romero, ob. cit., p. 26.