jueves, 4 de julio de 2013

BAROJA en LONDRES, La ciudad de la niebla




No sé por qué Borges desdeñó a los novelistas españoles de su época como Pío Baroja. Mentiras: sí sé porque. Porque Baroja, que era políticamente incorrecto, denunció la arrogancia y la petulancia de los argentinos en Europa (ver Baroja contra los argentinos). Una novela como Rayuela de Cortázar –quintaescencia de ese argentinismo europeo– le hubiera parecido aburrida, vulgar y sin interés, esnobista y chabacana. Le hubiera también quitado el misticismo a los cuentos de Borges como “El inmortal”, donde el mítico argentino habla de que en Londres, a principios del mes de junio de 1929, el anticuario Joseph Cartaphilus era “un hombre consumido y terroso, de ojos grises y barba gris, de rasgos singularmente vagos”, y que hablaba “una conjunción enigmática de español de Salónica y de portugués de Macao”.
Bah…

    Tipos como ese judío sefardí de origen español pinta varios Baroja en La ciudad de la niebla (1911) sin tanta mística y con más realismo. Borges dice de Londres en El Aleph: “vi un laberinto roto (era Londres)...”. Pero Baroja describe minuciosamente ese laberinto roto y se pierde en él, sale, vuelve a perderse, sale. La verdad no ha habido leído mejores descripciones de la capital inglesa, la ciudad más grande de Europa, como en esta novela. Y por un novelista español, por Baroja, a quien en Latinoamérica suelen vendérnoslo como alguien parroquiano, arrogante, cerril, cerrado, es decir, español, vasco y castellano.
             Pero no hay nada de eso en La ciudad de niebla, que hace parte de la trilogía que comienza con La dama errante (1908).  Y Baroja, al mismo tiempo que G. K. Chesterton en El hombre que fue jueves, escribe una novela contrarrevolucionaria, reaccionaria si se quiere, contra la fiebre anarquista que calentaba a toda Europa antes de la Primera Guerra Mundial. Londres era el centro de operaciones. Hacia allá parten el doctor Aracil y su hija María, perseguidos porque la policía española busca al doctor por sus conexiones con el anarquista catalán Nino Brull, el mismo cabecilla detrás del atentado perpetrado en la madrileña calle Mayor contra los reyes de España el día en que se casaron (31 de mayo de 1906). Esa historia pasa en La dama errante. En La ciudad de la niebla ya es María, la hija del doctor Aracil, la protagonista-narradora que arranca contándonos cómo navegan el Canal de la Mancha –the English Chanel–, penetran la desembocadura del Támesis y atracan en Londres. 
    Su voz femenina es fascinante. Su padre, que es médico como lo era Baroja, tienen todo la frialdad descarnada de cualquier cirujano para no creer en nada. Una visera –que no perla– de frases contagian de gracia y sensatez:
    “Los ingleses son entusiastas frenéticos de los revolucionarios de los demás países pero no de los suyos […] un revolucionario inglés es un hombre absurdo”. (p. 25).
    “El socialismo…: un rebaño de hombres tranquilos y contentos.
    –¿Y te parece mal?
    –¡Psé! Yo prefiero ser de un país en donde casi todo está por hacer y ha viveza y rabia, que no de aquí donde la gente se sienta en una banca con la boca abierta y espera a que pase el día”. (pp. 75-76).
    “El socialismo en todos los países sajones y anglosajones tiene una gran relación con la cerveza”. (p. 180).
    “Una costumbre indica mucho más el carácter de un pueblo que una idea”. (p. 78).
    “Yo quisiera desear y obtenerlo todo, para después desdeñarlo todo. Sería una manera de consolar a los que no tienen nada”.
    Londres en los ojos de Baroja adquiere gran realismo. Reconocía José Ortega y Gasset, hasta cierto punto amigo de Baroja, cómo este novelista cumplía con el primer mandamiento del artista: “mirar, mirar bien el mundo en torno”. Es la diferencia con el activista, con el hombre ideologizado sin mirada limpia y con venda o gaza en los ojos.